Parte de la corriente didáctica actual, en Física, dicta que debe soslayarse, obviarse o, incluso, prohibirse (Aarons, por ejemplo) el uso de fórmulas para resolver problemas o que deben plantearse, a los estudiantes, problemas “que los hagan pensar”, que les “enseñen a pensar” e incluso existe el llamado ABP o Aprendizaje Basado en Problemas.
Problemas para aprender… ,
Aprender a resolver problemas…,
Aprender a pensar para resolver problemas…,
Resolver problemas para aprender a pensar…,
Analicemos estos juegos de palabras, construidos con las palabras “problema”, “aprender” y “pensar”: pertenecen, todas, al ámbito mental, intelectivo, y aprender y pensar son verbos y problema es sustantivo. Es decir, con eje en este sustantivo, se pretende desarrollar dos acciones cuyos extremos opuestos al extremo inicial quedan abiertos al azar… En uno de estos programas se parte del problema y en su compañía se llega al terreno del aprendizaje, como cima del proceso. En otro, se parte de sucesiones de problemas, de final de capítulo o de sección, para transitar por inciertos terrenos de una pretensión de aprender y así llegar a la cima del conocer una materia, en otro programa más se plantean problemas para aprender a pensar. Finalmente, se espera mucho de la aplicación de los nuevos saberes porque “se ha aprendido”… ¿Qué?
“Aprender” es verbo y, por tanto, se refiere a un proceso, que comienza… pero que, sabemos, no acaba. “Pensar” también es verbo, también se refiere a un proceso, y que se da en el doble piso del terreno de la lógica y del terreno semiótico. Lo semiótico viste a lo lógico y, como tal, como vestido, tiene los vericuetos de su carácter de traje para portar y presentarse en determinados ámbitos.
El proceso de aprender a pensar ocurre, principalmente, en el ámbito semiótico.
Aprender es un proceso físico de interconexión de neuronas y de formación de redes de neuronas. En la parte media del intervalo de este proceso, tenemos interconexiones producidas porque la atención ha sido fijada en este y aquel objeto; queda muy en duda que de ello se desprenda una actual capacidad para pensar.
Un ciudadano no académico, sano, elabora razonamientos por una necesidad de, llamaremos, “supervivencia” y, en promedio, elabora discursos a los que podemos considerar coherentes. El punto de quiebre aparece cuando se le pide a ese ciudadano que elabore una argumentación. En la práctica cotidiana, esa persona elaborará una argumentación mezclada con incoherencias e, incluso, falacias.
Pensar es un proceso que requiere, como piedra fundacional, del orden. La acción mental desordenada difícilmente produce argumentaciones, es decir, cadenas de razonamientos coherentes y carentes de falacias (en este último aspecto pisamos el terreno de la ética).
Entonces, resolver problemas como pretexto para aprender a pensar produce la ilusión de efectividad, porque se han generado redes neuronales con cierto orden asociado pero intrínsecamente locales y con dudosa posibilidad de una ulterior capacidad de interconexión con otras redes.
Un programa enfocado a aprender a pensar requiere de herramientas de aprendizaje que, fundamentalmente, generen orden en la acción mental básica y en todo el proceso de producción argumental, no importa si se trata de un debate, la redacción de una novela, un ensayo filosófico o la solución de problemas de la físico-matemática elemental o avanzada. Tales herramientas de aprendizaje, existen,
Los problemas son mojones de un proceso de aprendizaje de un proceso, no pueden ser el fin ni, absolutamente, el camino.