Tres

Diagnóstico fatal

No podías imaginar, ni en tu delirio, a la hermosa flor que iba a crecer en tu jardín.

La interacción con los fenómenos del mundo definen nuestro ser; diríamos, “interacciono, luego existo”, parafraseando la famosa afirmación de Descartes. A lo largo de los siglos, hemos aprendido a cuidarnos de aquellas interacciones potencialmente dañinas para nuestro cuerpo y nuestra vida. Nuestro sistema inmune aprende a identificar y a destruir a aquellos seres que invaden nuestro cuerpo y que pueden alterar su funcionamiento e incluso causarle la muerte; para las bacterias, se han creado muchos antibióticos y sabemos que, si bien existen las vacunas, hay enfermedades para las cuales no existen vacunas que prevengan una infección viral; aún así, existe el aislamiento como medida de protección contra diversas enfermedades epidémicas o pandémicas. Sin embargo, como sabemos, hay enfermedades que surgen en el interior de nuestro cuerpo, que nos amenazan por el simple hecho de haber nacido.
El cáncer es una de esas enfermedades.
Hay diversos tipos de cánceres, unos de lenta evolución, otros muy agresivos; en cualquier caso, el individuo que es tocado por esta enfermedad sabe que sus planes para el futuro tienen que cambiar o quizá ya ni siquiera llega a tener tiempo para pensarlo: el dolor le embarga, a tal grado, que ni la misma morfina puede ayudar y, por supuesto, la muerte llega inexorable y contundente.

¿Planes para el futuro? El deseo de vivir el mayor tiempo posible, desde la funesta noticia.

¿Historias de amor? Todas las que llegan a su fin. Absurdo, por antonomasia, pensar en un idilio o en una historia de amor que pudiera prosperar en tal contexto. Tal vez, para no matar las escasas posibilidades, cabría el caso de un idilio pero, ¿una historia de amor?, ¿per se?, imposible, porque, es costumbre, que toda historia de amor se construya día a día, mirando siempre al futuro; los amantes siempre desean que el momento presente dure para toda la eternidad, y construyen hoy y al día siguiente y al siguiente, hasta que pasan meses y años y por fin el amor se vuelve amor, en el pleno sentido de la palabra “amor”. Por eso mismo, porque el amor se construye, necesariamente y como todo ser vivo, sobre el cambio, la mudanza y el futuro, resulta que la separación de los amantes es una tragedia cuando ocurre; sobre ese tema se ha escrito mucho, como todos saben, y ha dejado mucho dinero a los dramaturgos.
¿En qué más puede pensar un moribundo, si puede? Tal vez en todo lo que deja y, quizá, a quiénes deja y cómo les deja.

 

Marco A Nava R

Físico por la UNAM Maestro en Docencia de la Física por MADEMS-UNAM

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